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sábado, 20 de abril de 2013

Se me eriza la piel cada vez qué tus manos me tocan. Me hago tan vulnerable, tan frágil, tan sencilla, tan pequeña a tú lado, que sólo necesito la protección de tu brazo alrededor de mi cuello. Sonrieme, como haces siempre qué estamos juntos, y prométeme entre bocanadas de viento y susurros a gritos qué siempre estaremos juntos. Agárrame la mano y perdámonos en un horizonte dónde lo único que se vea es aquel paisaje perdido entre las sábanas de mi cama, aquella pequeña e inmensa cueva, qué más de mil noches nos ha visto desnudos. Déjame luchar contra los monstruos de los minutos, para así tenerte más de mil millones de segundos abrazado a mí. Déjame desnudarte el corazón, que la ropa, es lo de menos. Mirarte y ser capaz de sonreír constantemente, por el simple hecho de saber que tú me das la vida que tanto busqué.
Esos pasos de astronauta por lunares qué acaban en zonas prohibidas y una gran batalla de cosquillas para acabar besando cada recoveco de tu cuerpo sin excepción ninguna. 
Luchar por lo nuestro, por aquello que siempre pusimos empeño para que siguiera adelante, por lo que jamás nos vencimos y por lo que está claro, que tanto tú como yo moriríamos por intentarlo las veces qué fueran necesarias. 

Te amo.

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